ANTONIN ARTAUD Poeta, autor dram tico, ensayista (aunque de cu¤o muy especial), director de teatro y actor teatral y cinematogr fico. Naci¢ en Marsella el 4 de septiembre de 1896 y muri¢ el 4 de marzo de 1948 en Irvy-Sur-Seine. Hijo de un armador de Marsella y una griega. Estudi¢ en el colegio del <>. Hacia los 16 a¤os tuvo que ser internado en tres oportunidades por fen¢menos de desequilibrio mental. Cuando en 1920, se instal¢ en Par¡s. En 1924 se incorpora al grupo surrealista. Fue director en 1925 de la <> : <>. Diriji¢ el tercer n£mero de <>. A fines de 1926 rompi¢ con Breton, quien ese a¤o hab¡a realizado la primera depuraci¢n del surrealismo eliminando a Artaud y a Soupault por <>. Las razones figuran en el folleto Au Grand Jour, texto al que contesta Artaud con A la Grande Nuit. Desde entonces se dedic¢ especialmente a sus experiencias teatrales, hasta que en 1936, decepcionado por sus fracasos en el teatro, viaj¢ a M‚xico, donde dio algunas conferencias, para retirarse luego a Sierra Madre. Entre ellos conoci¢el los ritos del peyotl, que lo impresionaron profundamente. En 1937 volvi¢ a Francia y casi inmediatamente parti¢ para Irlanda. En Dubl¡n hizo crisis su mal mental. Durante el viaje de regreso tuvo un acceso de enajenaci¢n en el barco, por lo que al desembarcar fue internado en el asilo para enfermos mentales de El Havre. Durante nueve a¤os pas¢ sucesivamente por los asilos de SottevillelŠs Rouen, Saint Anne en Par¡s, Ville -Evrard y finalmente Rodez. Recobr¢ la libertad en 1946, y se le organiz¢ entonces un memorable homenaje en el teatro Vieux-Colombier el 13 de enero de 1947, al concurri¢ Breton. (...) * All¡ donde otros exponen su obra yo s¢lo pretendo mostrar mi esp¡ritu. Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida. No amo en s¡ misma a la creaci¢n. Tampoco en tiendo el esp¡ritu en s¡ mismo. Cada una de mis obras, cada uno de los proyectos de m¡ mismo, cada uno de los brotes g‚lidos de mi vida interior expulsa sobre m¡ su baba. Estoy en una carta escrita para dar a entender el estrujamiento ¡ntimo de mi ser, tanto como estoy en un ensayo exterior a m¡ mismo y que se me presenta como una indiferente incubaci¢n de mi esp¡ritu. Sufro que el Esp¡ritu no halle lugar en la vida y que la vida no se encuentre en el Esp¡ritu, sufro del Esp¡ritu-¢rgano, del esp¡ritu- traducci¢n o del Esp¡ritu-atemorizante-de-las- cosas para dejar de hacerlas ingresar en el Esp¡ritu. Yo dejo este libro colgado de la vida, deseo que sea masticado por las cosas exteriores y en primer t‚rmino por todos los estremecimientos acuciantes, todas las vacilaciones de mi yo por venir. Todas estas p ginas se arrastran en el esp¡ritu como t‚mpanos. Perd¢n por mi total libertad. Me niego a hacer diferencias entre cada minuto de m¡ mismo. No acepto el esp¡ritu planeado. Es preciso acabar con el Esp¡ritu como con la literatura. Quiero decir que el Esp¡ritu y la vida se encuentran en todos los grados. Yo quisiera hacer un libro que altere a los hombres, que sea una puerta abierta que los lleve a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir, una puerta simplemente ligada con la realidad. Y esto no es el prefacio de un libro, como tampoco lo son los poemas que lo indican en la lista de todas las furias del malestar. Esto no es m s que un t‚mpano atragan- tado. ** Doctor, Hay un asunto sobre el cual hubiera querido insistir : es el de la relevancia de la cosa sobre la cual operan sus inyecciones ; esta especie de languidecimiento esencial de mi ser, esta disminuci¢n de mi estiaje mental, que no quiere decir, como podr¡a creerse, un rebajamiento cualquiera de mi moralidad (de mi alma moral) o ni siquiera de mi inteligencia, sino m s bien de intelectualidad servible, de mis recursos razonantes, y que se relaciona m s con el sentimiento que tengo yo mismo de mi mismo yo, que con lo que pongo de manifiesto a los dem s de ‚l. Esta vitrificaci¢n sorda y poliforma del pensamiento que en cierto momento elige su forma. Hay un vitrificaci¢n inmediata y llana del yo en el centro de todas las posibles formas, de todos los modos posibles del pensamiento. Y, se¤or Doctor, ahora que usted est  bien enterado de lo que puede ser alcanzado en m¡ (y curado por las drogas), de la zona de conflicto de mi vida, espero que sabr  suministrarme la cantidad suficiente de l¡quidos sutiles, de reactores especiosos, de morfina mental, capaces de sobreponer mi abatimiento, de enderezar lo que se cae, de juntar lo que est  separado, de reparar lo que est  destruido. Le saluda mi pensamiento. ** Poeta Negro Poeta negro, te obsesiona un seno de doncella poeta amargo, la vida se agita y arde la ciudad y el cielo se diluye en agua, y tu pluma punza el coraz¢n de la vida. Selva, selva, ojos irizados sobre pin culos que se multiplican hilos de tormenta, los poetas montan caballos, montan perros. Los ojos se enardecen, las lenguas giran el cielo fluye hacia las fosas nasales como una leche azul y nutritiva ; estoy atento a sus bocas mujeres, r¡gidos corazones de vinagre. ** Descripci¢n de un estado f¡sico Una sensaci¢n de ardor quemante en los miembros, m£sculos contra¡dos y candentes, la sensaci¢n de estar vidriado y fr gil, un miedo, una retracci¢n ante el ruido y el movimiento. Una alteraci¢n inconsciente de la marcha, de los gestos, de los desplazamientos. Una voluntad eternamente r¡gida para los m s simples gestos, la claudicaci¢n al adem n sencillo, la fatiga central y destructiva, una especie de fatiga mortal, de fatiga de esp¡ritu para una utilizaci¢n de la m s m¡nima tensi¢n muscular, el adem n de tomar, de agarrarse inconscientemente a algo, que ser  sostenido por una voluntad delicada. Una fatiga de nacimiento de mundo, la sensaci¢n de cargar un cuerpo, un incre¡ble sentimiento de fragilidad que se transforma en dolor partiente, un estado de doloroso endurecimiento, endurecimiento localizado en la epidermis, que no impide ning£n movimiento pero cambia el sentimiento interior de un miembro y otorga a la posici¢n vertical al galard¢n de un victorioso esfuerzo. Probablemete localizado en la piel, pero sentido por la amputaci¢n radical de un miembro, y no ofreciendo al cerebro otra cosa que im genes de miembros filiformes y algodonosos, de im genes de miembros distantes y que est  fuera de su lugar. Una especie de quebradura interna de la correspondencia de todos los miembros. Un v‚rtigo desplaz ndose, una especie de pasmo obicuo que se a¤ade a todo esfuerzo, una coagulaci¢n de calor que oprime toda la superficie del cr neo, o se quiebra en pedazos, placas de calor en movimiento. Un dolor parox¡stico del cr neo, una incisiva presi¢n de los nervios, la nuca agarrada al sufrimiento, las sienes que se cristalizan o se marmorizan, una cabeza pateada por caballos. Ahora habr¡a que referirse a una descorporizaci¢n de la realidad, de esa especie de ruptura abocada, se dir¡a, a reproducirse por s¡ misma entre las cosas y el sentimiento que ellas causan en nuestro esp¡ritu, el lugar que ellas deben ocupar. Esta ordenaci¢n inmediata de las cosas en las c‚lulas del esp¡ritu, no tanto en su orden l¢gico como en su orden sentimental, afectivo. (que ya no se hace) : las cosas no tienen olor, no tienen sexo. Pero su ordenaci¢n l¢gica a veces tambi‚n est  partida por la falta, justamente, de aliento afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, las palabras todas para no interesa que operaci¢n mental, y sobre todo aquellas que pulsan resortes m s corrientes, los m s activos del esp¡ritu. ** Primera carta conyugal Cada una de tus cartas aumenta la incomprensi¢n y la estrechez de esp¡ritu de las anteriores ; juzgas con tu sexo y no con tu pensamiento como lo hacen todas las mujeres. Confundirme yo, con tus razones. ­Te burlas ! Pero lo que me irritaba era verte volver sobre las razones que hac¡an tabla rasa sobre mis razonamientos, cuando uno de esos mismos te hab¡a llevado a la evidencia. Todos tus razonamientos y tus infinitas disputas no podr n impedir que no sepas nada de mi vida que me condenes por un m¡nimo fragmento de ella misma. No deber¡a siquiera serme necesario justificarme ante ti si s¢lo fueras, t£ misma, una mujer prudente y equilibrada, pero tu imaginaci¢n te enloquece, una sensibilidad sobre aguda que no te permite enfrentar la verdad. Contigo cualquier discusi¢n es imposible. S¢lo me queda decirte una cosa :mi esp¡ritu siempre fue confuso, un achatamiento del cuerpo y del alma, esa suerte de contracci¢n de todos los nervios. Si me hubieras visto hace algunos a¤os, por per¡odos m s o menos cercanos, antes a£n de que en mi se sospechara el uso del que tu me recriminas, dejar¡a de extra¤arte, ahora, del retorno de esos fen¢menos. Si por ora parte est s convencida, si te parece que su reincidencia se debe a ello, entonces no hay nada que decir, contra un sentimiento no se puede luchar. De cualquier manera ya no puedo contar contigo en mi angustia, ya que te niegas a ocuparte de la parte de m¡ m s afectada : mi alma. No me has juzgado, por otra parte, nunca de otra manera que por mi aspecto externo como lo hacen todas las mujeres, como lo hacen todos los imb‚ciles, cuando lo que est  m s destruido, m s arruinado es mi alma interior ; y no puedo perdonarte eso, pues las dos no siempre coinciden, desafortunadamente para m¡. En cuanto a lo dem s, te prohibo hablar otra vez. ** Bibliograf¡a * PELLEGRINI, Aldo ; Antolog¡a de la Poes¡a Surrealista, Barcelona, Editorial Argonauta, 1981. ** ARTAUD, Antonin, El obligo de los limbos / El Pesa-Nervios, Buenos Aires, Editorial Need,1998. - Selecci¢n de los textos : Soul Asylum - Comentarios, mensajes, sugerencias a : CIRCE@SISCOR.BIBNAL.EDU.AR