Nocturno Una vez mas sali˘ a beber de la noche. Sus ojos de depredador reflejaban en su mente un mundo muy diferente al que habĦa vivido como mortal. Su mente se habĦa aislado de su cuerpo, sus sue¤os cada dĦa se deformaban m s y m s. Casi sin percibirlo, se adentr˘ lentamente en lo profundo de la ciudad, entre las sombras, una vez m s, a la caza de alg£n alma perdida. No tard˘ en sentir los pasos de una de ellas, su aliento, su coraz˘n. l sabĦa que otro trofeo se aproximaba, del cual como otros tantos, no se alegraba pero tampoco podĦa avergonzarse; la ley de la jungla era su £nica ley, la ley de la supervivencia. Su mundo ya no tenĦa color, sabĦa que los colores se habĦan acabado, que el amor se habĦa perdido en su envase mortal, que su humanidad se diluĦa cada vez con m s facilidad, pero por sobre todas las cosas sabĦa, aunque lo habĦa negado por mucho tiempo, que era un vampiro. ­ Un vampiro ! un vampiro que todavĦa lloraba, lloraba l grimas de sangre mientas devoraba a su vĦctima como un cocodrilo, pero sin poder eliminar el dolor, el remordimiento, el sufrimiento, la ira, el hambre. El hambre, sentir ese deseo implacable de sangre, de sangre de inocentes o no, pero sangre de seres humanos que ‚l no podĦa juzgar. Jugar a ser Dios no era su labor, menos jugar con las cartas de la muerte. Sus sentimientos lo agobiaban pero primero estaba su presa. Ya sentĦa su olor, un olor a perfume de mujer, inconfundible, el calor de su sangre, su paso redoblado por las oscuras calles de Palermo a las 4 de la ma¤ana. El momento se aproximaba, lo sabĦa. Ya no habĦa vuelta atr s, el tiempo pasado era un espectro inviolable e imborrable que se incorporaba a su indefinida eternidad. Con una velocidad y fuerza descomunal, sali˘ de las sombras, tom˘ a su presa y se sumergi˘ nuevamente en ellas ; mordi˘ el cuello de su vĦctima con la misma avidez de siempre, pero algo le impidi˘ seguir bebiendo hasta vaciarla: los ojos de ella, cristalinos como un espejo, a£n en la oscuridad, lo reflejaban. Una l grima surc˘ como otras veces su mejilla, pero no era igual a las dem s. Sinti˘ como si una estaca se clavara en su infeliz coraz˘n, como si su cabeza fuera a explotar, se sinti˘ solo, m s solo que nunca. Ella intento decirle algo, pero tan solo balbucear algo como - No... e... upo -. l asinti˘ y luego neg˘ con la cabeza, explot˘ en un gemido y posterior llanto casi humano. Sus l grimas se mezclaban, se fundĦan con la sangre de esa mujer que tocaba su impredecible fin. Extra¤amente ella intent˘ consolarlo, acariciar su rostro, pero su mano no lleg˘ a destino ; sus ojos sin vida ya no reflejaban nada. l Abrazado a ella llor˘ amargamente, y esper˘ el £ltimo amanecer de su existencia. Diamond Darrell